agosto 25, 2010

El jabón azul

Hubo una época en la que a mi papá le dio por bañarse con jabón azul. Jabón de panela, para ser más exactos, el famoso “las llaves”. Seguramente alguien le dijo que con ése quedaría más limpio, dudo que más oloroso, y es de esperar de un producto sólido, barato y duradero que funciona muy bien en los pañales de tela o en la ropa blanca. Años después aprendí que es remedio infalible para la piel grasosa, mata todo. Además se corta en dos partes y cada una rinde un poco más que un jabón de tocador convencional. 

Entonces mi padre solo compró jabón azul. Una tarde, después de llegar de una hacienda con el olor a bosta pegado en la piel, se dispuso a darse un baño con su trozo de jabón, cuando descubrió una imagen entre las líneas blancas que pintan el azul mar saca grasa. Es la Virgen, dijo. Ahí se ve clarita. 

La historia pasó por muchas manos. Guardado en una cajita de plástico transparente, aquel pedazo de jabón se hizo famoso y, a partir de ahí, comenzaron a aparecer vírgenes y santos milagrosos en los jabones de los vecinos, sin importar del color que fueran. De eso hace muchos años, pero hoy me recuerdo minutos largos bajo la ducha dejando caer el agua mientras revisaba minuciosamente el jabón que usaba, con la esperanza ingenua de encontrar algún milagro. 

Con el pasar de los días, la virgen se fue poniendo más blanca y más endurecida. Muchas veces en las que se había acabado el detergente para la ropa, me vi tentada a tomar el curioso trozo de jabón, pero con eso podía arruinar la felicidad eterna de mi padre, así que descartaba la idea y dejaba la ropa sucia para otro día. 

Al cabo de un tiempo, ya no era una, eran varias las siluetas de vírgenes y hombres sin nombre y sin oficio que mi papá guardaba en cajitas de plástico y que servían de entretenimiento para la visita a la hora del café. Pero meses después, sin aviso previo, se le había pasado la idea de redención jabonera y se entretuvo con otras aventuras más profanas. 

Hoy, quité el envoltorio de un Toronto, un chocolate venezolano en forma de bolita que me envío mi papá hace unas semanas. Creí ver en él un mapamundi, y recordé esta historia.

A mis hermanos.

10 comentarios:

María del Carmen dijo...

Yo casi no tengo recuerdos...

Lindísimo texto... el final perfecto!
Cuando hay amor así, no existen las distancias... Somos uno...

Te quiero mucho, disfruta del amor en forma de chocolate, y de los hermosos recuerdos... :)

Meco dijo...

Asi era el, siempre con un chiste o una historia ocurrente, siempre buscando una sonrisa en el rostro de sus hijos.. Te adoro hermanita..

Betsai dijo...

Hola profe como esta? muy bueno el texto, y sobre todo ese final tan tentador...

Yderam79 dijo...

Me hizo llorar.

demasiadolistas dijo...

Me emocionó mucho este escrito. Que bueno encontrarte explorando rincones cibernéticos.

(M)

Ro Sosa dijo...

Pasando de blog en blog, poniendo NEXT NEXT NEXT. LLegué al tuyo y estoy muy satisfecha. Me conmovió la entrada ♥. Besos

Ana Quiroga dijo...

Amor, odio, conflictos, resentimientos, alegrías, culpas, decepciones, anhelos... Con todo eso y mucho más se tejen los recuerdos que tenemos de nuestros padres, mucho más cuando ya no están en nuestro presente. Me conmovió mucho este relato, Adriana, al que llego luego de que me dices (me apropio del "tu" que tanto me gusta, yo, criada porteña y en el "voseo") que este es un blog que ya nadie lee. Pues, heme aquí, con tu bella historia resonando en mi alma. Un abrazo. Ana

Anónimo dijo...

Conmoveda, historia real y universal. Con ella tocas los corazones de todos los que hemos conocido un padre.
Gracias.

Fedora.

H dijo...

Feliz de encontrar tu blogg. Felicidades!

Anónimo dijo...

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