julio 24, 2009

Carnaval en Potreritos


Si hay algo bueno en los pueblos, son las fiestas. Los pueblos mantienen el aura de esa conciencia mítica que han perdido las ciudades, el mito puesto en la alegría y en la celebración. Por eso, hoy, en todo el mundo, las costumbres y ritos pueblerinos se mantienen más que en las grandes urbes. Si hay algo bueno en Potreritos, es el carnaval. En La Cañada de Urdaneta, de donde es mi padre -y por continuidad sanguínea y afectiva, yo- se celebran varias fechas: San Benito, San José, la Inmaculada Concepción; todas ellas religiosas, y la pagana por excelencia: el carnaval.

En mi niñez, adoraba los carnavales en Potreritos. No por las fiestas, los disfraces o los días libres, sino por los juegos de “agua”. Mis primos, mis hermanas y yo, solíamos divertirnos tanto, que hasta los “malos juegos”, acompañados siempre del regaño de Tía Neida, eran un delirio.
Lo más divertido del carnaval era bañar a otro con agua, bien sea con baldes llenos, vejigas, tripas de caucho o lo primero que teníamos en la mano. Pero en el pueblo más alejado de La Cañada, el asueto iba más allá.

A pesar de que había un pacto de no jugar con quien no quería y no bañarnos dentro de la casa, siempre terminábamos empapados. Por las calles, se veían pasar grupos de muchachos con baldes de agua y paquetes de harina… ¿para qué? para dejar la cabeza de la víctima hecha un “mazacote”. Después que te echaban todo el agua y entre varios revolvían la harina en tu cabello, se despedían diciendo “mañana traemos el guiso” (aludiendo a la masa para las hallacas)

Una vez a mis primas y a mí se nos ocurrió mojar a unos pescadores. Salimos corriendo, pero uno frotó sus manos en las redes que llevaba en una carretilla, me persiguió y estrujó sus manos en mi cabeza… estuve tres días sin poder quitarme el olor a pescado. A pesar de los malos olores, las horas bajo la ducha tratando de sacar la harina, o los regaños, eran días maravillosos. El carnaval siempre fue mi mejor travesura.

Un año, mi prima Zorena se llevó el peor de los baños. Cuando podía, Tía Neida nos recordaba, con cara de pocos amigos, que no podíamos jugar dentro de la casa, así que mi primo Marcos y yo, ideamos un plan: saldríamos de la casa y esperaríamos que Zorena se asomara. Como la casa tenía dos puertas, cuando ella se asomara por una, Marcos entraría por la otra y la empujaría hacia fuera, entonces la bañaríamos. Para eso preparamos una palangana muy grande con agua, arena, la borra del café, huevos y todas las sobras que quedaron del almuerzo. Escondidos por las plantas de rosas, y como dos brujos, revolvíamos diabólicamente el menjurje.

Después de un rato, Zorena se asomó a la puerta, Marcos entró corriendo por la otra y la empujó y luego le echamos el baño encima. Mi prima quedó toda mojada, echa un asco y enfurecida. Su vanidad resbaló por su cuerpo con las sobras del almuerzo. Gritaba, exigiendo castigo para los atrevidos. Mi Tía Neida sólo dijo: “Dentro de la casa no. Afuera, no respondo”.
Siempre supe que también lo disfrutó.


3 comentarios:

Yo! dijo...

Me encantó!!!!

Dexy, la gocha dijo...

¡Qué magia tienen los cuentos cuando los protagonistas son los primos, los recuerdos y Potreritos!


Un abrazo

Victoria dijo...

Que historia tan linda, que bonito es recordar esas travesuras a través del lente de la distancia, me gustaría conocer también como lo recuerda Zorena, jejeje, sería genial.
Muy bonito Adriana, te felicito, fácil de leer y muy bien narrado.