No se de dónde es la frase “el baúl de los recuerdos”. Es de esas que uno utiliza todo el tiempo, sin saber quién la dijo y por qué. El baúl de los recuerdos puede ser una serie de anécdotas que se cuentan cada año en navidad o en el cumpleaños de la abuela. Puede ser esa colección de discos de los 80 que guardamos celosamente en una caja, donde nadie pueda tocarlos. Puede ser una tienda de muebles antiguos, de ropa usada, de libros viejos. Dos señoras setentonas tomándose un café, o la memoria. La memoria es el más seguro baúl de los recuerdos, o no.En estas andanzas en las que ando queriendo escribir un poco mejor, tratando de leer mejores libros, y recordando mejor los autores cuyos nombres olvido, me tropiezo todo el tiempo con la memoria. Obviamente. El problema es que recurro a una muy-mala memoria, como dicen, a una desgastada. Puedo recordar perfectamente los nombres de las calles, pero me pierdo en la esquina al bajarme del autobús. Puedo retener los diálogos de una escena de mi película favorita y olvidar el nombre de los actores. Puedo recordar detalles mínimos de un encuentro, la fecha, la hora, el color de mi ropa interior, pero olvidar alguna promesa que hice al caer la noche. Cómo escribo, entonces, crónicas. Cómo pretendo seguir jugando a la periodista eficiente. Cómo tengo el atrevimiento de querer escribir un cuento si, a veces, no recuerdo ni cómo conjugar un verbo. La verdad es que me falla la memoria. Puede ser por los anteojos vencidos, por no comer muchas verduras o por el cansancio de la vida (que a veces no tiene que ver con la cantidad de años vividos, sino con el modo de vivirlos)
Por insistencia de mi madre fui a ver al doctor Perozo y me recomendó que tomara Donepezil para tratar mi patología. También, por insistencia de mi amiga Luz, fui a ver una terapeuta espiritual, una bruja para ser más exacta, y me recomendó que me bañara todos los días, por dos semanas, con ramas de romero, pues estimula el corazón y –según ella- por allí es que "se filtran todos los males".
Hace varios días me encontré con Isa, una amiga de la universidad, a la que no veía desde nuestra graduación, hace unos cuantos años. Le comenté mi padecimiento y me explicó que a ella le había sucedido lo mismo, situación que había afectado significativamente su trabajo, pues, como asistente a la presidencia de una compañía muy grande, tenía que manejar y recordar mucha información. Isa lo resolvió fácil. En un viaje que hizo a
Agradecí entonces a Isa por el consejo. Olvidé el Donepezil y las ramas de romero, y me dispuse a recontar. Sebastián, Gerardo, Carlos Alberto... Cien años de soledad, Angosta, La loca de la casa… las sandalias negras, los zapatos marrones de tacón, las cocuizas de colores… Aruba, tres veces; Miami, dos veces; Sao Paulo…
Un día, contando sobre la teoría del reconteo en una reunión familiar, mi sobrino de nueve años levantó la voz y dijo: -A mi no se me olvida nada, porque recuerdo los nombres de todos los superhéroes. Dicen que los niños, dentro de sus incoherencias, dicen cosas coherentes, y pensé que quizás también debía hacer ese reconteo. Seguramente sería más fácil y divertido enumerar esos hombres que con capa, o sin ella, terminan siempre haciéndome feliz. Incluso sería más interesante aún incluir algunos personajes "reales" que alguna vez vi con ojos de coprotagonista en apuros.
Reconté mis superhéroes…pensé y repensé, conté y reconté. La verdad, para mí solo hay uno: Superman. A los demás, los he olvidado.





