noviembre 22, 2009

el reconteo

No se de dónde es la frase “el baúl de los recuerdos”. Es de esas que uno utiliza todo el tiempo, sin saber quién la dijo y por qué. El baúl de los recuerdos puede ser una serie de anécdotas que se cuentan cada año en navidad o en el cumpleaños de la abuela. Puede ser esa colección de discos de los 80 que guardamos celosamente en una caja, donde nadie pueda tocarlos. Puede ser una tienda de muebles antiguos, de ropa usada, de libros viejos. Dos señoras setentonas tomándose un café, o la memoria. La memoria es el más seguro baúl de los recuerdos, o no.

En estas andanzas en las que ando queriendo escribir un poco mejor, tratando de leer mejores libros, y recordando mejor los autores cuyos nombres olvido, me tropiezo todo el tiempo con la memoria. Obviamente. El problema es que recurro a una muy-mala memoria, como dicen, a una desgastada. Puedo recordar perfectamente los nombres de las calles, pero me pierdo en la esquina al bajarme del autobús. Puedo retener los diálogos de una escena de mi película favorita y olvidar el nombre de los actores. Puedo recordar detalles mínimos de un encuentro, la fecha, la hora, el color de mi ropa interior, pero olvidar alguna promesa que hice al caer la noche. Cómo escribo, entonces, crónicas. Cómo pretendo seguir jugando a la periodista eficiente. Cómo tengo el atrevimiento de querer escribir un cuento si, a veces, no recuerdo ni cómo conjugar un verbo. La verdad es que me falla la memoria. Puede ser por los anteojos vencidos, por no comer muchas verduras o por el cansancio de la vida (que a veces no tiene que ver con la cantidad de años vividos, sino con el modo de vivirlos)

Por insistencia de mi madre fui a ver al doctor Perozo y me recomendó que tomara Donepezil para tratar mi patología. También, por insistencia de mi amiga Luz, fui a ver una terapeuta espiritual, una bruja para ser más exacta, y me recomendó que me bañara todos los días, por dos semanas, con ramas de romero, pues estimula el corazón y –según ella- por allí es que "se filtran todos los males".

Hace varios días me encontré con Isa, una amiga de la universidad, a la que no veía desde nuestra graduación, hace unos cuantos años. Le comenté mi padecimiento y me explicó que a ella le había sucedido lo mismo, situación que había afectado significativamente su trabajo, pues, como asistente a la presidencia de una compañía muy grande, tenía que manejar y recordar mucha información. Isa lo resolvió fácil. En un viaje que hizo a España, un tipo guapo y ebrio en un bar le dijo que lo que tenía que hacer era recontar. Recontar las parejas que había tenido, los libros que había leído, la cantidad de pares de zapatos que guardaba en su armario, las veces que había viajado y las millas que había acumulado. Según ella, ese ejercicio de reconteo le había servido para recordar cosas, mejor aún, para no olvidarlas. Recordé –algo raro- cuando hice un curso para ser librera, y el profesor, ahora mi amigo Miguel, me aconsejó que todos los días leyera los lomos de los libros acomodados por orden alfabético en la estantería. Poco a poco, leyendo cada vez más, sería fácil recordar dónde estaba ubicado un título cuando algún cliente preguntara por él.

Agradecí entonces a Isa por el consejo. Olvidé el Donepezil y las ramas de romero, y me dispuse a recontar. Sebastián, Gerardo, Carlos Alberto... Cien años de soledad, Angosta, La loca de la casa… las sandalias negras, los zapatos marrones de tacón, las cocuizas de colores… Aruba, tres veces; Miami, dos veces; Sao Paulo…

Un día, contando sobre la teoría del reconteo en una reunión familiar, mi sobrino de nueve años levantó la voz y dijo: -A mi no se me olvida nada, porque recuerdo los nombres de todos los superhéroes. Dicen que los niños, dentro de sus incoherencias, dicen cosas coherentes, y pensé que quizás también debía hacer ese reconteo. Seguramente sería más fácil y divertido enumerar esos hombres que con capa, o sin ella, terminan siempre haciéndome feliz. Incluso sería más interesante aún incluir algunos personajes "reales" que alguna vez vi con ojos de coprotagonista en apuros.

Reconté mis superhéroes…pensé y repensé, conté y reconté. La verdad, para mí solo hay uno: Superman. A los demás, los he olvidado.

noviembre 01, 2009

Un día San Antonio

Esta mañana me desperté pensando en una excusa para no ir a ese seminario en el que me había inscrito hacía más de un mes, pero en un mes el entusiasmo se puede perder. Esta mañana, ya lo había perdido todo.

Medio me desperté y revisé la prensa digital: lindo día de primavera con 26 grados de temperatura y 23 de sensación térmica; dos policías federales allanaron una casa en Villa Devoto y encontraron al temido violador de Belgrano y hasta ahora 12 mujeres han declarado en su contra, el dólar se ha mantenido los últimos días, y ya está a la venta el nuevo disco de Dave Matthews Band, cuyo nombre me encanta: Big Whiskey and the Groo Grux King.

No importa lo temprano que me despierte, si no he pensado en la ropa que me voy poner, siempre llego tarde. Así fue, 45 minutos cambiándome de blusa, de pantalón, de zapatos, de zarcillos, hasta salir medianamente combinada. Tomé un café, le prendí una velita al San Antonio ubicado estratégicamente en mi cocina, y corrí a tomar el tren.

Al llegar al Centro Cultural San Martín, me entusiasmé. Los rostros nuevos me emocionan, me invitan a la aventura. Algunos son muy blancos y serios, otros más morenos y amables. Los lentes redondos están de moda, al igual que el botox.

Escogí un asiento en la parte de atrás del auditorio pensando en escapar cuando las tripas anunciaran la hora del almuerzo. Combinada en marrones y negros, como siempre, con el café en mi estómago y la velita prendida a San Antonio, me dispuse a aprovechar mi día. En menos de diez minutos, y con esta ansiedad que me caracteriza, comencé a buscar entre las nucas alguna conocida. A la derecha, dos filas más adelante, encontré una mirada que reclamaba mi atención. Me sonrió, disimulé, coqueteé. Me parecía que conocía al personaje. Esos ojitos aceituna, la sonrisa blanca, y esas canas que hacían su aura enigmática. El hombre más interesante que he visto en los últimos días, pensé, olvidando la promesa de “no engancharme” que había hecho día anteriores.

Dos horas después, en el bululú del break, luego de varias intervenciones a las que no presté atención, me encontré con esa mirada nuevamente. Todos querían café, incluso él, incluso yo. Lo esquivé, siguiendo el manual de tácticas aprehendido desde el colegio. Sabía que había visto antes ese rostro que me perseguía entre la multitud hambrienta. Quizás me lo había encontrado en otros seminarios tan aburridos como este. Quizás en mis andanzas laborales lo había entrevistado alguna vez. O quizás lo había conocido una de tantas noches locas, y ya sus manos habían descubierto mis pudores.

La tarde pasó rápida. Un orador tras otro. Una mirada tras otra, cruzándose, deseándose cada vez más. Las 5 pm. Tomé mi bolsito impreso y me dispuse a salir por la puerta de atrás. Caminé lento haciendo tiempo para encontrármelo, por casualidad, en algún rincón. Di la vuelta al pilar donde se ubicaba el café y me lo topé de frente. Examiné sus ojos, sus labios, sus ganas. Quiso hablarme, pero me di la vuelta intempestivamente.

Lo recordé, muy a mi pesar, hubiese preferido quedarme con la duda, y llevar el juego hasta el final pero fui directo a la cárcel, sin pasar por go. Lo recordé: era J, el hombre por el que K había dejado a N. K era la mujer por la que N me había dejado a mí. Cuadro cerrado a lo Tarantino. Llegué a mi casa y apagué la vela de San Antonio.

octubre 25, 2009

Acabo de mundo

Siempre ando diciendo por ahí que pocas cosas me sorprenden. Quizás sea la edad, quizás mi espíritu envejeciendo, o simplemente una manera de ocultar mi temor ante el mundo. La verdad, en esta cultura del espectáculo en la que vivimos, todos los hechos son repetidos, vengan de donde vengan.
Pero aún hay situaciones casuales, ordinarias -incluso caseras- que me toman por sorpresa, sin ser hechos sorprendentes. Precisamente por ser tan comunes es que hacen corto circuito en mi rutina.

MARÍA GRACIA es una niña hiperactiva. No para de hablar ni de saltar en el asiento trasero del carro. A su lado, la abuela lleva una taza con sopa caliente que le han regalado. María Gracia se mueve tanto que, sin darse cuenta, mete su larga cola en la sopa. Su abuela la regaña, a María Gracia le da asco tener su pelo negro lleno de grasa. Su abuela le dice que cuando llegue a la casa, por la tarde, se debe lavar la cabeza. Más tarde, María Gracia habla y juega entre los adultos, la regañan. Mientras tanto, el perro de la casa le lame la cola de cabello y saborea con gusto la sopa de costilla. 

EL PROFESOR intenta explicar la repercusión de las vanguardias en la historia del arte. Digo intenta, porque lo que hace es divagar. Se justifica: -Disculpen si estoy algo disperso, pero eso pasa con textos que uno no conoce bien, que son recién leídos. No sólo se justifica descaradamente, sino que espera respuesta de sus alumnos de postgrado anonadados ante tal pedagogía.

ALBERTO es un hombre tímido pero talentoso. Recorre toda la universidad buscando un escáner. Pasa por el pasillo con sus jeans grandes arremangados hasta por encima de la cintura. Llega al departamento que necesitaba, el Centro de Diseño Gráfico, una oficina convertida en una especie de boutique de mall donde se muestran algunos "trabajos" de profesores y estudiantes. Alberto muestra una carpeta y dice: - Hola, tengo todas estas cartas, necesito escanearlas pero solo tengo esto para guardar la información. Ante los ojos asombrados de los diseñadores fashion, saca del bolsillo de su camisa un disquete 3 ½. 

LA SEÑORA tiene toda la mañana en el banco, igual que yo. Ansiosa, envía y recibe mensajes en su celular. El vigilante se acerca y, mientras señala un aviso ubicado a la derecha, le dice: -Disculpe señora, está prohibido usar el teléfono celular. Ella, sin mirarlo, le dice –Ajá. El vigilante vuelve a su recorrido y la señora, como si nada, sigue escribiendo en su pequeño teclado. Quizás no sabe que los teléfonos móviles tienen una opción de “vibrar” para estos casos. Pero es que, ni por decencia, le baja el volumen al aparatito.

“Acabo de mundo”, diría mi abuela.

octubre 04, 2009

Perorata de domingo

Me siento frente a mi computadora a escribir, pero no se de qué. Es uno de esos días en los que las ideas tienen una fiesta rave en mi cabeza, saltan y saltan, pero ninguna quiere salir. Sobre qué puedo escribir… es un lindo domingo de primavera. Hay 20 grados de temperatura y un solcito que hace crecer las rosas de la única planta que tengo en mi balcón. Leo que murió Mercedes Sosa. La Internet está cargada de videos de “La Negra”, todos dicen “gracias a la vida”, se lamentan como si la hubieran conocido. Eso sólo lo logran los grandes. Lo mismo pasó con Michael Jackson y Benedetti, todos lloraron. Pienso en mi muerte, ¿alguien llorará?

Escucho en la radio una canción de Ricardo Montaner, Volver. Pienso en escribir sobre la canción, o mejor sobre la novela de la que es tema principal, no, mejor sobre el actor de la novela que es pareja de Cecilia Roth, no, mejor sobre ella y su actuación en una serie de televisión, o sobre sus películas, Almodóvar, cine español, las madres, la locura. Caigo en mi tema recurrente, el cine…

Vuelvo a la música, habla el locutor y hace una cuña, Alto Palermo y la revista Shop sortean un viaje a Margarita. Los argentinos viajan a Margarita, ya es hora de que conozcan una buena playa. Puedo escribir sobre playas, la Península de Paraguaná, sus playas vírgenes en el Cabo de San Román. Escribir sobre los viajes, de cuando una se hizo pupú en la carpa, de cuando a otro lo rozó una aguamala y le dolió mucho. Se orinó encima. Las playas de noche. Alguien me envió un video de Coldplay, Yellow, con el mensaje “recuerdo las noches en la playa”… la música, la playa. Puedo escribir sobre noches que parecen eternas con gente que parece eterna, sobre los amores eternos. No. Los amores no son eternos. Solo algunos, el cine, la música, los libros, los hijos, supongo. La familia.

Algo sobre la familia, sobre la que tengo, maravillosa; sobre la que quiero tener, inconclusa... sobre los cuentos inconclusos que quiero publicar, que no son míos. Escribir sobre lo que no es mío sino de otros, sobre algunos hombres que no son míos y son de otras…mejor no. Puedo escribir sobre hombres, en general. Sobre su manera de mirar, sobre sus piernas pesadas y sus pelos grasosos, o sobre como hacen creer a algunas mujeres que les pertenecen. Mejor no. Hablar de hombres ya no es original.

Puedo escribir sobre cualquier cosa, mientras se queman las arepas del desayuno y sigo pensando sobre qué escribir. Pienso, pienso: la muerte, la música, el cine, la playa, los hombres, los temas recurrentes... Mi vida recurrente y las ideas fumadas en mi cabeza.

septiembre 21, 2009

Yo quiero un Mustang


No soy amante de los autos, ni siquiera se manejar, pero aprendí mucho de mi padre y su afición por los carros, en 20 años tuvo más de 30. Mi hermano heredó del viejo esa pasión... más por los de dos puertas, más aún por los Mustang.

Un día me dijo “en todas las películas gringas siempre hay un Mustang”, me quedé con la duda. No estoy pendiente en cada película, pero cuando veo uno en la pantalla, siempre lo recuerdo. No se si él contaba las veces que veía su auto favorito en alguna, pero es cierto que este modelito de la Ford ha protagonizado más de 500.

Apelando a mi memoria -para, algún día, hablar con propiedad delante de mi hermano- hice una lista de las películas en las que recuerdo haber visto un Mustang y busqué algunos datos para complementar mis precarios conocimientos automovilísticos:

  • En 60 segundos, Memphis Raines (Nicolas Cage) y su banda de ladrones, tienen que robar 50 carros en una noche. Todo marcha muy bien hasta que Memphis tiene que robarse a Eleonor, un Mustang Shelby 67 con el que tuvo una “mala relación” en el pasado. Al final Eleonor, como la prostituta que se hace desear, termina complaciéndolo. Es uno de mis finales favoritos.
  • En Ahora o nunca, cuando Jack Nicholson y Morgan Freeman hacen una lista de las cosas que quieren hacer antes de morir, Freeman escribe “conducir un Mustang Shelby”. Otra Eleonor. 
  • También aparece un Mustang Fastback del 68 en Rápido y Furioso, Tokio Race. Leí en internet duras críticas al modelo de la película porque le pusieron un “motor nissan skyline turbo” ¿es tan malo eso? Ni idea. Lo cierto es que esa belleza verde oliva con dos líneas blancas que recorren su carrocería, se subastó luego en Ebay, y nadie pudo pagar el precio de subasta.
  • En Top Gun, Tom Cruise maneja un Mustang;
  • En Soy Leyenda, sólo Will Smith y un Shelby sobreviven al Apocalipsis (ah! y el perro). 
  • Anne Hathaway maneja un Mustang 66 antes de ser princesa de Genovia en El diario de una princesa
  • Incluso en Volver al futuro, cuando Marty viaja en el tiempo al 2015, aparece un Mustang rojo en una esquina de Hill Valley.
Además, la Mujer Maravilla tenía un Mustang, paradójicamente el carro eléctrico de la Barbie, también es un Mustang. Sí, ya se que es el carro que identifica al norteamericano cool, pero a veces, yo también quisiera tener uno. No lo llamaría Eleonor, sino Claudio.

Mi hermano tuvo uno, fue su época más feliz. Un Mustang del año 72, blanco de dos puertas, que manejaba con furia, con deseo. Lo amaba más que a nada en el mundo, hasta que un día un cambio de luz del semáforo se lo quitó. Mi hermano se pasó la luz amarilla y otro carro le llegó por el costado. Se lastimó el brazo izquierdo, pero no le dolió tanto como el golpe a la carrocería. Cuando mi papá decidió que venderían el auto, pensé que perdería a mi hermano. Nunca lo vi sufrir tanto.

Han pasado más de quince años, ahora es padre de dos niños hermosos, tiene una esposa cariñosa, un buen trabajo y muchos amigos, pero muy dentro de su alma hay un vacío que sólo podrá ser llenado por una prostituta como Eleonor.

septiembre 10, 2009

El diablo volvió

Cuando era adolescente soñaba que un ángel bajaba del cielo y me besaba con dulzura. Ahora, después de muchas vueltas en la vida, sueño que el diablo viene del infierno y me hace el amor. Mis amigas más religiosas y decorosas me criticarán esta frase, pero debo confesar que, aunque no es de mi autoría, me gusta como suena.
Siempre he sido mente-abierta en lo que se refiere a religión y política, incluso con unos cuantos vinos inundando mi cabeza, todavía no me atrevo a discutir públicamente sobre estos temas. Sobre todo porque esas discusiones, casi siempre, terminan en conflictos.
En cuanto a la religión, creo en lo que creo y respeto al que cree lo que cree. Entonces, debo confesar también que Yo, creo en el diablo. Pero no en ese diablo castigador que vive debajo de la tierra y quiere cocinarnos en una paila gigante, sino en el diablo-hombre, el que ronda mis recuerdos y mis anhelos.
Cuando era niña y vivía en la casa vieja, algunas veces, mis primos y yo veíamos un perro negro que se paraba en lo alto de un montículo de tierra que había en un terreno al frente de la casa. Nos asustábamos, sí, pero el susto era mayor cuando mi abuela señalaba a ese perro como el diablo, el que, obviamente, vendría por la noche a llevarnos si nos portábamos mal. Esa imagen -después vendría la de Hollywood- me acompañó toda mi vida.
Ahora lo veo en muchas partes. Hacía tiempo que no pensaba en él, pero justo en estos días lo encontré por cuestiones de trabajo. Lo vi representado de manera muy hermosa en el arte, en colores grises, con ojos grandes y achinados, labios prominentes, y sus respectivos cachos. Desde ese día, me lo tropiezo por las esquinas.
Lo veo en el moreno con el tatuaje de dragón en el brazo, en el viajero con piernas de futbolista, en el músico que no volvió, en el amante del cine que disimula ser normal. Me persigue y me abandona. Va y viene. Sigiloso, siempre marcando su territorio.
No sé si ha estado rondando por mi casa últimamente, pero esta mañana amanecí con una especie de moretón en mi barbilla.
Juro, por mi vida, que dormí sola.

agosto 22, 2009

Aló, mamá

Desde que me fui de la casa, no había contratado servicio de telefonía fija porque siempre sospeché que era una herramienta de control para los que no me tienen cerca. Siempre lo supe, pero me rendí ante la súplica familiar. Ahora, estar a miles de kilómetros de distancia, con horarios, climas y costumbres distintas, no es un obstáculo para que mi madre ejerza su derecho matronal. Desde su posición, sabe muy bien quién debe tener el control, incluso hoy, más de treinta años después de que me parió.
Este control ahora es a distancia y se ejerce después de marcar el 0054.

Llamó un jueves por la tarde: - Hola ¿Quién está ahí? Escucho una voz de hombre… -Nadie mamá, es el señor que vino a arreglar la persiana que se me cayó hace dos días. No pasa nada, tranquila.
Un sábado a mediodía: -¿Aló, estás ocupada? ¿hay un hombre ahí?... -Mamá es Gabriel, un compañero de estudio que está arreglando mi computadora, ¿te acuerdas que te dije que se había dañado?… no pasa nada con él, es sólo un amigo.
Un domingo por la noche: -¿Te interrumpo? Escucho voces, ¿hay alguien allí?… - No mamá, es el televisor, estoy viendo una película.
Un martes por la mañana: ¿Y esa voz? ¿estás con alguien? …- Mamá es el señor que está arreglando la nevera. Te dije que se le había salido el gas, y tuve que llamar a alguien para que la revisara.

A pesar de saber que le digo la verdad -aunque espera que le mienta- la historia con mamá se ha repetido por meses. Siempre las mismas preguntas, aún cuando está conciente de que soy una mujer grande y responsable.
Algún día tendré el valor de decirle que deje de preguntar por las voces… mientras tanto, sigo descolgando el teléfono cada vez que tengo una visita interesante.

agosto 13, 2009

El perro de Manolo

Siempre la llamé “la construcción”. Seis años después de graduada regresé a trabajar en la universidad, cuatro años después tenía un alto cargo, y, todavía así, seguía llamando a aquel edificio gris -siempre a medio terminar- “la construcción”.
Cuando estudiábamos, toda la universidad tenía sólo unos seis salones de clases en un bloque, otros ubicados en espacios externos, y un gran edificio en construcción al que, como estudiantes, nunca vimos terminado.
De la vieja construcción quedaron muchas historias: asaltos con pistola, violaciones -yo diría que amores furtivos desencantados-, suicidios sin resultados, declaraciones perversas, juramentos de amistad, secretos censurables e historias como ésta.
La vida académica se desarrollaba en el edificio más antiguo y pequeño que simulaba una escuela rural, y donde se destacaba –justo en medio de los salones- un espacio al que tristemente llamábamos “cafetín”. Por años, lo atendió el famoso Manolo, un hombre no tan mayor y amargado que parecía que nunca tomaba un baño. A veces, también estaban algunas mujeres y otros hombres desgarbados y sudorosos que lo ayudaban.
Algunos estudiantes aseguraban que Manolo vivía dentro de la universidad porque los dueños nunca le pagaron un dinero que le debían desde que trabajaba como constructor, así que se quedó ahí –acompañado de varios perros pulgosos- e instaló su seudo cafetín sin pagar alquiler, hasta que nuevas autoridades lo convencieron de marcharse.
Lo único que vendía Manolo eran una empanadas de carne grasientas que freían siempre en el mismo aceite y refrescos de todos los sabores que uno mismo escogía en dos cavas corroídas por el tiempo. Por la tardecita, el olor a aceite quemado que expelía el lugar era insoportable, los perros daban vueltas alrededor de la cocina mientras se rascaban las pulgas. Manolo leía el periódico en la puerta de atrás y se quejaba con los estudiantes por la mala situación en la que vivía. Casi nadie comía ahí, pero a veces, entre el apuro de una clase y otra, no había más remedio.
Una mañana, nos tocó desayunar en el cafetín de Manolo. Carolina compró lo de costumbre: tres empanadas de carne y una frescolita. Salió del mugriento local enrejado, caminó por el pasillo y se sentó en una banca, sus amigas la seguimos. Puso la botella de refresco y la bolsita aceitosa sobre la banca mientras guardaba algo en su cartera. Al igual que un ladrón audaz y sigiloso, un perro salió del cafetín, caminó por el pasillo, pasó junto a la banca y con su hocico agarró la bolsa de las empanadas y se la llevó… Como “perro por su casa” caminó tranquilamente hacia la construcción a devorar su desayuno, con bolsa y todo.
Soportando nuestro asombro y la incontenible risa, Carolina se conformó con la frescolita y su disgusto.

A Ysabel Carolina, entrañable amiga.
(1973-2009)

agosto 10, 2009

La excusa del tiempo

Marcos Zimmermann, expuso en el Palais de Glase de Buenos Aires una muestra de fotografía titulada Desnudos sudamericanos. Son retratos de hombres desnudos instalados en sus propios mundos. No son modelos, sino trabajadores que posan sin el menor pudor. Son cuerpos al descubierto: jóvenes y viejos, blancos y morenos, delgados y gordos, algunos ajados, otros quemados por el sol, lampiños o tatuados. Son hombres que viven en lugares marginales o en el campo y cuyo trabajo se refleja en sus rostros y en sus manos, aunque lo más atractivo de la propuesta sea la variedad de penes expuesta ante ojos sorprendidos, no por los penes en sí, si no por la ruptura entre la desnudez liberal y el contexto marginal que ofrece la estética de Zimmermann.
Un hecho curioso me llamó la atención: la mayoría de estos hombres lleva reloj. El gaucho argentino, el gomero paraguayo, el changador y el minero boliviano, los lustrabotas, el trasformista uruguayo, todos ellos se despojaron de su ropa, pero no del reloj. Esto me lleva a pensar en la idea del tiempo, lo importante y lo descabellado del tiempo. El tiempo de uno y el del otro, el tiempo real e irreal, el de espera y el tiempo detenido en la imagen. Hace tiempo que quería hablar sobre el tiempo, de ese del que nos apropiamos en lo cotidiano.
Leí en una de las Tesis de la filosofía de la historia de Walter Benjamin que “el día con el que comienza un calendario cumple otro oficio de acelerador histórico del tiempo. Y en el fondo es el mismo día que, en figura de días festivos, días conmemorativos, vuelve siempre. Los calendarios no cuentan, pues, el tiempo como los relojes”. Y es que no hay nada como la seguridad del reloj.
El tiempo inexorable se descubre en los rostros, en las grietas, en el moho. No hace falta tener reloj para notarlo, pero con éste sobre la muñeca, marcando el pulso, creemos que podemos dominar aquel.
Las maneras de ver el tiempo, son distintas, como dice Maurice Halbwachs: “a pesar de que un sacerdote deba decir su misa a una hora determinada, no existe previsión alguna sobre cuanto tiempo ha de llevarle el sermón”. Definitivamente, para cada uno de los hombres retratados por Zimmermann el tiempo es distinto: en las calurosas favelas de Brasil, en el frío altiplano boliviano, en los bares marginales de Uruguay, en las calles olvidadas de la provincia de Buenos Aires.
Pero el tiempo no define siempre. “Estamos en tiempos distintos” suele decir un amigo. Otro dice que mientras el tiempo pasa, llega la experiencia y también la vanidad. Frases clichés como: "nos vemos pronto", "hace tiempo que no venía", "tengo muchos años en esto", no definen con exactitud el tiempo, ni con el mejor de los relojes. En este caso, los tiempos varían para cada quien. Cada hombre se pone su tiempo. La frase “el tiempo de Dios es perfecto” es excusa para cualquier cosa, se usa constantemente y, quizás, muchos no entienden lo que significa realmente: ¿quiere decir que tenemos que ser conformistas?, ¿que el Dios –el de cada uno- decide todo sobre la tierra? ¿O que podemos hacer lo que se nos plazca bajo la tutela de Dios? Yo no se qué significa, y, por ahora, no quiero saberlo.
Mientras miro mi reloj, me quedo con esta reflexión de Halbwachs: “llegar tarde, es reclamar el beneficio de la libertad con que se mide el tiempo, en un medio en el que no se pone gran cuidado en la exactitud”. La excusa es perfecta para burlar al gran tiempo.

agosto 01, 2009

James Dean

Desde hace años decidí que no importa qué estudie, dónde o cuándo, mi principal tutor será el cine. Según una versión anónima que ronda por ahí, ver tres películas a la semana permite aprender lo básico, y hasta lo más complejo de la vida -amor, odio, esperanza-, en fin, todo lo que conlleva al camino del héroe.
Realmente, la vida es un guión, en cualquiera de sus formatos. Podría decir que la mía dista mucho del guión establecido por Syd Field y que adoptó per se el gran Hollywood, es decir la típica estructura: planteamiento y presentación del personaje, primer punto de inflexión o puesta del conflicto, desarrollo de la trama o confrontación, segundo punto de inflexión o toma de decisiones, y desenlace. Mi vida es más un guión de vanguardia, no sé si se ha presentado bien el personaje, hay miles de puntos de inflexión y, hasta ahora, no hay desenlace.
Lo cierto es que veo el mundo a través del cine. Ante un problema, en vez de dar un consejo o recurrir a algún refrán popular, surge siempre una frase de película. Las frases cinematográficas abundan en mis cuadernos, en mis paredes y en mi trastocada vida. Y así como al personaje le corresponde una transformación en la trama… a veces también uso, y abuso, de esas transformaciones. Un día soy la buena, un día la mala; un día protagonista, otro, antagonista.

Fue así como un día me reuní con unas amigas, sus amigos, y los amigos de sus amigos, a tomarnos unos vinos. Entre los amigos de los amigos de mis amigas, había un sujeto que destacaba y al que, una amiga y yo, bautizaríamos luego como el James Dean latino. La noche transcurrió entre vasos llenos y conversaciones de todo tipo. Como en un juego, consecutivamente, y según los intereses, la gente se fue moviendo en sus puestos. En un momento James Dean, quedó frente a nosotras. Grata sorpresa para mí, era un amante del cine; no del mejor, pero eso no importa ahora.
Mi amiga y yo moríamos por el sujeto ataviado al mejor estilo de los 60, con su chaqueta de cuero, su cabello despeinado, y sus jeans rasgados. Producto del vino, se fue creando un clima de rivalidad entre nosotras, una rivalidad amistosa que terminaría en un buen cuento al día siguiente.
James Dean, comenzó a nombrar sus películas favoritas (el muchacho resultó ser un romántico) El reto estaba en recordar una frase de la película que él mencionara, un juego en el que mi amiga llevaba las de perder.
- Mis favoritas son, Forrest Gump- dijo.
– “La vida es una caja de bombones, nunca sabes qué te va a tocar”, respondí sin dejarlo terminar. Se sorprendió, le gustó. Continuó.
- La sociedad de los poetas muertos.
– “Oh capitán, mi capitán”.
Sus dedos iban enumerando las opciones, yo seguía con mis dedos la cuenta. Mi amiga tomaba sorbos de vino sin respirar.
- Mujer Bonita.
- Mmm –dudé en decir la única frase que recordaba, pero me lancé- “Pasa esta noche conmigo, no porque te pague, sino porque quieres”.
Tragó lento y dijo en voz baja:
- Notting Hill.
– Es una de mis favoritas - mentí - “Sólo soy una chica parada frente a un chico pidiéndola que la ame” - agregué.
La tensión fue intensa. Estaba todo dicho. Me tomó de la mano y dijo:
– Si me dices alguna frase de ésta, te voy a amar toda la vida… El Padrino.
Respiré profundo, miré a mi amiga, le di un beso en la mejilla y le dije:
- “No es nada personal, es cuestión de negocios”.

julio 23, 2009

Las sobras del almuerzo

Si hay algo bueno en los pueblos, son las fiestas. Los pueblos mantienen el aura de esa conciencia mítica que han perdido las ciudades, el mito puesto en la alegría y en la celebración. Por eso, hoy, en todo el mundo, las costumbres y ritos pueblerinos se mantienen más que en las grandes urbes. Si hay algo bueno en Potreritos, es el carnaval.
En La Cañada de Urdaneta, de donde es mi padre -y por continuidad sanguínea y afectiva, yo- se celebran varias fechas: San Benito, San José, la Inmaculada Concepción; todas ellas religiosas, y la pagana por excelencia: el carnaval.
En mi niñez, adoraba los carnavales en Potreritos. No por las fiestas, los disfraces o los días libres, sino por los juegos de “agua”. Mis primos, mis hermanas y yo, solíamos divertirnos tanto, que hasta los “malos juegos”, acompañados siempre del regaño de Tía Neida, eran un delirio.
Lo más divertido del carnaval era bañar a otro con agua, bien sea con baldes llenos, vejigas, tripas de caucho o lo primero que teníamos en la mano. Pero en el pueblo más alejado de La Cañada, el asueto iba más allá.
A pesar de que había un pacto de no jugar con quien no quería y no bañarnos dentro de la casa, siempre terminábamos empapados. Por las calles, se veían pasar grupos de muchachos con baldes de agua y paquetes de harina… ¿para qué? para dejar la cabeza de la víctima hecha un “mazacote”. Después que te echaban todo el agua y entre varios revolvían la harina en tu cabello, se despedían diciendo “mañana traemos el guiso” (aludiendo a la masa para las hallacas)
Una vez a mis primas y a mí se nos ocurrió mojar a unos pescadores. Salimos corriendo, pero uno frotó sus manos en las redes que llevaba en una carretilla, me persiguió y estrujó sus manos en mi cabeza… estuve tres días sin poder quitarme el olor a pescado. A pesar de los malos olores, las horas bajo la ducha tratando de sacar la harina, o los regaños, eran días maravillosos. El carnaval siempre fue mi mejor travesura.
Un año, mi prima Zorena se llevó el peor de los baños. Cuando podía, Tía Neida nos recordaba, con cara de pocos amigos, que no podíamos jugar dentro de la casa, así que mi primo Marcos y yo, ideamos un plan: saldríamos de la casa y esperaríamos que Zorena se asomara. Como la casa tenía dos puertas, cuando ella se asomara por una, Marcos entraría por la otra y la empujaría hacia fuera, entonces la bañaríamos. Para eso preparamos una palangana muy grande con agua, arena, la borra del café, huevos y todas las sobras que quedaron del almuerzo. Escondidos por las plantas de rosas, y como dos brujos, revolvíamos diabólicamente el menjurje.
Después de un rato, Zorena se asomó a la puerta, Marcos entró corriendo por la otra y la empujó y luego le echamos el baño encima. Mi prima quedó toda mojada, echa un asco y enfurecida. Su vanidad resbaló por su cuerpo con las sobras del almuerzo. Gritaba, exigiendo castigo para los atrevidos. Mi Tía Neida sólo dijo: “Dentro de la casa no. Afuera, no respondo”.
Siempre supe que también lo disfrutó.

julio 13, 2009

A propósito de paradojas

En su origen, el blog fue pensado como un diario personal público –interesante paradoja-, luego fue calando en internet convirtiéndose en cualquier cosa. Cualquier cosa resume la cantidad y variedad de blogs que se encuentran en la red. Evidentemente las puntocom y los portales han cedido espacio a las comunidades virtuales y a los personales blogs.
Desde hace dos años que escribo estas crónicas repetidas. De julio 2007 a julio 2008 publiqué 17 entradas, el segundo año, 24; y en el último mes, he publicado seis post, lo que significa que estoy escribiendo cada vez más, aunque dudo que mejor. Lo cierto es que cuando digo la verdad los lectores no me creen, en cambio, sí juzgan toda la ficción.
Como dice mi abuela, “para muestra un botón”:
Mi novio ha amenazado con dejarme. Cree que, el que me besó una vez, no fue un grillo sino un chico; que cuando me llama por teléfono lo confundo con otra persona, que lo llevo de viaje con la excusa de ver a alguien más y que les escondo la mitad, por lo menos, de las cosas que hago.
Mi madre, está molesta. Me pregunta cuándo hice esto o aquello, por qué no lo sabe. Me culpa de la incredulidad de algunas de mis lectoras por mis relatos sobre historias de amor, en las que recaemos hasta el cansancio. Es como si me culpara por haberle dicho a mi hermana que San Nicolás no existe. Ruega a Dios por mí, preocupada por mi vida precipitada y sin sentido.
Algunas amigas se ofenden, creen que expongo al escarnio público secretos de estado, otras opinan que me he vuelto narcisista y vanidosa. Reencontré viejas amistades, pero algunas de las nuevas no me hablaron más. A veces, me siento como un político en campaña, ya no sé quien me cree y quién no.
Cuando escribo entradas que creo no van a gustar, recibo muchos comentarios, pero con relatos que siento que puedo ganar el Pulitzer, silencio total. Las reflexiones se convierten en burlas y las burlas en reflexiones de vida.
En general, mientras unos se molestan, ríen o lloran; yo, de este lado de la pantalla, sigo con mi ejercicio de escritura permanente. Veremos qué pasa en otro año, cuántas crónicas repetidas más se contarán.
*Foto de Carolina Leal Hernández