agosto 27, 2008

La rodilla de Bruno

Desde donde estoy sentada no puedo ver la puerta del ascensor porque un pilar blanco se interpone, sin embargo, cada vez que llega al segundo piso, un estrépito se escucha en toda la oficina.

En este edificio, de apenas dos pisos y gente delgada, casi todos prefieren subir y bajar por las escaleras. Pocos toman el ascensor, a menos que el caso lo amerite. Bruno lo usa siempre  pues viene a buscar o a dejar el equipo fotográfico; sólo una o dos veces por semana, depende de las sesiones que le corresponda hacer para la edición mensual de la revista.

Siempre lo veo llegar, con su chaqueta marrón y su cabello negro despeinado. Con un andar pausado, saluda a todos con un beso en la mejilla. Yo recibo mi beso de vez en cuando, es el premio por ir a trabajar todos los días. Cuando suena el ascensor, mi corazón se acelera a la espera de ese beso. Lo veo pasar ante mí como un modelo de pasarela. Disimulo que escribo en la computadora, mientras mis ojos se deleitan mirando su porte. Bruno no se parece a los actores de películas. Se parece a los fotógrafos de los actores de las películas, que es mucho mejor. Nunca he preguntado si tiene novia o vive con la mamá, si viaja en autobús o cuál es su número telefónico. Creo firmemente que esos datos me los dirá él, con su voz dulce y encantadora, cuando se voltee a mirarme. Cuando Bruno no viene a la oficina, los días son más largos y aburridos. Sus cortas visitas alegran siempre mis tardes.

Hace quince días que el trabajo se me hace más pesado debido al malestar por una torcedura en el tobillo izquierdo que me obliga a caminar coja. La llegada del fotógrafo es lo único que me entretiene, y como no puedo andar mucho –y menos delante de él, pues no creo que le gusten las cojas- lo contemplo mejor desde mi escritorio, con vista panorámica a toda la oficina.

Un lunes llegó Bruno a eso de las 2 de la tarde, yo apenas terminaba de comer. Sentada en mi puesto estratégico, observé cómo bajó del ascensor arrastrando una pierna. Mi mente se iluminó. Me alegré de su desgracia, pues sentía que nos acercaba, que había alguna excusa para conocernos mejor y descubrir que el destino nos había puesto en el mismo camino. Estábamos pasando por lo mismo: la invalidez, la incomodidad, el dolor. Definitivamente, era una señal.

Traté de no moverme, de no ser impulsiva y esperar el momento exacto para decirle que sabía por lo que estaba pasando, que yo también lo padecía, que yo también estaba coja. Cuando se acercó a mí, lo miré fijamente a los ojos, tragué grueso mi timidez y le pregunté: -¿Qué te pasó? -Me lastimé la rodilla jugando fútbol, dijo.

En ese momento la luz que nos iluminaba desde arriba desapareció. Me sentí sola en un desierto. Todas las voces callaron, todos desaparecieron. Mi mente retrocedió quince días, al momento cuando resbalé del armario mientras buscaba el suéter gris para el frío. La imagen era clara: caí después de haberme tomado una botella de vino tinto. Había bailado y bebido toda la noche, estaba tan borracha que no sentí dolor hasta el otro día. Me quedé callada, colmada de vergüenza. Sonreí y bajé la mirada. Supe entonces que esta historia había terminado.

agosto 18, 2008

Escribir cartas de amor

"A partir de cierto punto no hay retorno, ese es el punto donde hay que llegar"
Kafka


Hoy quiero escribir cartas de amor. Escribir cartas de amor no debe ser tan fastidioso o cursi como muchos piensan; tampoco debe ser una manera de matar el tiempo, requiere de dedicación. Es una especie de deuda pendiente. Para mí, escribir cartas de amor es una forma de exorcizar los demonios.
Muchos personajes de la historia han dejado una estela de correspondencia que los desnuda ante el mundo. Así lo demuestra libros como 99 cartas de amor (Debolsillo, 2007) que reúne los mejores mensajes de amor de Goethe, Freud, Chopin, Franco, entre otros. Sin embargo, apelando a mi memoria criolla, prefiero recordar otros casos de importantes correspondencias como las cartas entre Simon Bolívar y su adorada Manuelita Sáenz, un epistolario que Diego Rizquez recogió luego en su película Manuela Sáenz, la libertadora del Libertador, y de la cual siempre recuerdo una frase con claridad: “He recorrido miles de kilómetros, desde tu última carta hasta aquí”. Aunque en el largometraje la frase no es exacta al libro, el personaje de Manuela logra transmitir lo que significan esas palabras después de meses sin ver a su amado.

Si yo tuviera meses sin ver al hombre que amo, sería más extensa en mis palabras, mas desesperada:
“Sebastián, hace varios días que no se ti. No pasa una noche en que no piense en tu regreso. Trato de imaginar como será el momento en que te vea y pueda decirte, sin contener mi alegría, que te he extrañado. Mis noches son solitarias y largas, pero no tristes, pues sólo pensar que deseas regresar a verme, llena de satisfacción mi alma. Te espero con ansias y con el profundo deseo de sentirte cerca de mí, una vez más. En esta carta te entrego mi vida, porque siento que contigo hay una posibilidad de volver a sentir. No temas a mi entusiasmo, se que hay riesgos, que hay diferencias que superar, distancias que acortar, pero eso me tiene sin cuidado, ¿acaso no es así como se construye una relación?, ¿acaso lo más divertido de una pareja no es esa manera de tratar de complementarse? Demos una oportunidad a esto que sentimos, a esta cosquillita en el estómago, sin temor al después. En esta etapa de nuestras vidas, no tenemos nada que perder. Espero tu regreso”.

Al que amé y no correspondió mis sentimientos podría decirle en pocas líneas lo que con miles de lágrimas jamás pude:
“Sebastián, fui una tonta al pensar que si volvíamos a encontrarnos habría un poquito de esperanza para nosotros. Pero hoy, igual que hace algunos años, siento que no soy correspondida. Esa última noche contigo no se si lloraba porque añoraba lo que tuvimos, nuestra vida juntos, o porque sabía lo que vendría después. No tuviste ningún gesto conmigo después de nuestro reencuentro. Me sentí de nuevo como la tonta que siempre fui. Si alguna vez volvemos a encontrarnos podré decirte, firmemente, que cada vez me duele menos tu ausencia y que el tonto siempre has sido tú, por no saber amarme cuando pude darte mi vida”.

Finalmente, a aquel que abandoné, al fantasma que no me deja dormir tranquila, al secreto que llevo escondida, no tendría más que decirle que:
“Sebastián, he dejado atrás todo lo que me vio crecer. Siento que he abandonado a mis seres queridos, a ti, especialmente. Espero puedas perdonarme. La vida nos ha llevado por caminos distintos, sin embargo, estoy conciente de que no he hecho mucho por lograr que esos caminos se encuentren. Mientras más libertad tuve, más quise. Ahora que he volado, me doy cuenta que debo regresar al lugar de donde partí, pues es la única manera de volver a levantar las alas”.

En Cartas inéditas entre de Maupassant a Flaubert (París, 1929), se lee una frase que el escritor francés escribió en 1879 a su amigo el novelista Gustave Flaubert, que resume lo único que me queda por decir luego de estos intentos de exorcismo: “Perdón por estos garabatos”.