diciembre 13, 2009

el gringo

Fui de las últimas personas en entrar al Buquebus. Un viernes por la tarde es común que cientos de personas se embarquen y atraviesen la frontera entre Argentina y Uruguay por la línea marrón y tranquila del Río de La Plata.

Como pude, me acomodé en una silla frente a una de las ventanas que dan al exterior. Ahí podría ver las aguas moviéndose lentamente al ritmo de “Perdóname” que Camilo Sesto cantaba en mis audífonos, un clásico. Dos ventanas más allá había un “tipo”. Sí, de esos que llamamos “el tipo”. Un príncipe azul: pelón, brazos tatuados, bermudas y sandalias. Tenía ojos verdes, pero eso lo obvié en medio de sus otros atributos. Entre nosotros, dos señoras recién peluqueadas hojeaban revistas de farándula. “De viuda a la mafia” se leía en el titular amarillo acompañando la foto de un rostro sonriente e inyectado de botox.

El gringo me miraba de vez en cuando. Yo, con disimulo, trataba de observarlo para no perder detalle de su porte. Entonces me fijé en el lunar cerca de los labios, en las pequeñas patas de gallo que se asomaban de sus pómulos quemados por el sol y descubrían sus cuarenta o más años, y en un tatuaje tribal que se escapa de la bermuda en una de sus piernas.

Cuando nuestras miradas se encontraban, yo bajaba la mía y volvía a mi lectura, un libro de crónicas de Gustavo Valle que el propio autor me había regalado semanas antes. Eran crónicas de diferentes ciudades en las que los personajes vivían interesantes aventuras. En esas páginas, yo me imaginaba las mías con el gringo. Así, arrullada por el vaivén de la marea, me trasladaba a las calles de un Madrid veraniego donde comíamos caracoles entre risas y deseos incontrolados. Después, bailábamos tiernamente en el subterráneo de París, escuchando el jazz que entonan apasionados músicos callejeros. Más tarde, allí mismo en el buque, luego de mirarnos por encima de las cabelleras recién arregladas, disimulábamos ir al baño, y en un arrebato besaba locamente mi pecho, hasta que alguien nos interrumpía.

“Señores pasajeros, en breves minutos arribaremos al puerto de Colonia, Uruguay” dijo una voz chillona, y volví a la silla frente a la ventana. Con una última mirada, el gringo recorrió mi cuerpo acalorado desde la cintura hasta mis labios. Esta vez no desvié la mía. Me sonrió, se volteó y se fue caminando, dejando un espacio vacío. Detrás quedó el río marrón y revuelto. Nerviosa, como si alguien leyera mis pensamientos, observé sus pantorrillas de nadador que desaparecían entre la gente apresurada por desembarcar. Recogí mi bolso, guardé el libro de crónicas y seguí mi camino.

La verdad, no sé si era gringo. No le hablé, ni le escuché palabra alguna durante esa hora de viaje. Crecí con la maniática idea de que todos los rubios altos de ojos verdes son gringos. Nunca me gustaron, pero este hombre que me miraba desde lejos me había conquistado para siempre. Bajé al puerto y sentí la brisa del río con el placer de estar preñada de indecencia.