enero 24, 2009

Un asunto de melancolía

Alguien me escribió en un mensaje: “ah, detrás de la melancolía, la bilis negra!”. La frase quedó dando vueltas en mi cabeza, como si escuchara a esa persona, que aún no conozco, repitiéndola una y otra vez. La melancolía, tengo días pensando, o bilis negra, es un tema muy actual.
“¿Por qué será que quienes han destacado en filosofía y en otras artes son individuos melancólicos, afligidos por la enfermedad de la bilis negra?”, dijo Aristóteles. Y es que los filósofos atribuyen la enfermedad de la melancolía a los intelectuales, pero no creo que sea así. Veo decenas de personas diariamente que se sumergen en un mundo melancólico, en una especie de cosmos vacío y repetido, y no tienen nada de intelectuales. De hecho la melancolía, esa estructura subjetiva que se encuentra dentro de la psicosis, es ahora una moda.
Está en todas partes, como el sexo, como la tecnología, como la comida chatarra. Las tribus urbanas se escudan en la melancolía que supone este siglo para mantener sus rangos sociales. El arte apunta hacia una corriente melancólica muy aceptada desde comienzos de la modernidad, y en algunas ciudades, como Buenos Aires, la melancolía está al doblar cada esquina. El chofer del colectivo, la señora del piso de abajo, el perro de la esquina, la niña de uniforme, el cantante del bar, el extranjero que vende flores, el profesor de filosofía, todos tienen mirada melancólica.

El estatusSe dice que la cultura moderna está atravesada por procesos de individuación, nostalgia de las comunidades y el sentimiento emblemático de la melancolía. Mas allá del pensamiento de los griegos, que inventaron el término la “bilis negra”, la melancolía es un estatus social. Se ha convertido en la “savia de la vida”… una manera de aparentar sobrevivir en un mundo cada vez más complicado. La mirada distante, el gesto de tristeza, la mejilla apoyada en la mano, son símbolos tan atractivos en los tiempos contemporáneos que ya se asumen cotidianamente.
Recuerdo haber visto la foto de una amiga con la mirada perdida y el dedo meñique sobre el extremo izquierdo de sus labios. Que linda!, dije. Ahora lo pienso y digo: Que pose! Y reconozco que mi amiga, por ser fotógrafa profesional, entiende perfectamente los códigos a los que me refiero. Fue una buena manera de venderse.
Invoco a Freud, nadie mejor para este tema, y leo en Duelo y Melancolía (1915) que “la melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución del amor propio”. Melancolía es entonces un mal que ataca a quienes han perdido algo o no han encontrado lo que buscan. Yo diría que eso que buscamos es identidad y aceptación, y hoy, una actitud melancólica es un paso para conseguirlo.

La industria
Vivo en el número siete, calle Melancolía / Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría / Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía / y en la escalera me siento a silbar mi melodía. Dice la canción “Calle Melancolía”, de Joaquín Sabina.
Si la actitud melancólica es por consiguiente una construcción de otro Yo para ser aceptado, o por el contrario –respetando a los teóricos- una enfermedad de la psiquis, es la industria cultural la que se aprovecha de esta tendencia para convertirla en un producto incluso deseado.
Buscando información, escribo en Google “melancolía”. De aproximadamente 2.490.000 resultados obtenidos en 0,17 segundos, me llama la atención la frase “Cómo curarse de la melancolía en 14 días”. Es un artículo publicado en el portal católico Church Forum 2.0 beta, que está acompañado de una lista de otros enlaces donde se lee de primero “ayúdanos con un donativo”… sin comentarios, me quedo con Freud.
Sigo buscando y encuentro en el diario El País de España que el profesor Erick Wilson presentó su reciente libro Contra la felicidad. En defensa de la melancolía (Taurus, 2008) En el texto, el autor dice que "fue el cavernícola melancólico y retraído que se quedaba atrás y meditaba, mientras sus felices y musculosos compañeros cazaban la cena, quien hizo avanzar la cultura".
Si algunos investigadores consideran que fue una estela funeraria griega del 400 a.C. que inauguró la pose corporal de la melancolía, son muchos los aportes que ha debido tener “la bilis negra” desde entonces. Lo cierto es que parece que la melancolía nos da también la felicidad. Tal como lo dijo Flaubert: "Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos".
Para la psicología, la melancolía es sólo una manifestación corriente de las personas. Si es así entonces me quedo tranquila y la disfruto. Pero, si Hipócrates atribuyó la melancolía al planeta Saturno, y Saturno está relacionado con mi signo zodiacal que es Capricornio… entonces ¿soy melancólica, incluso antes de darme cuenta y razonarlo?

enero 02, 2009

De Trono de sangre y otras kurosawadas


Algunos dicen que Akira Kurosawa es el director más shakesperiano de la historia del cine. También es cierto que William Shakespeare es el dramaturgo con más obras llevadas a la gran pantalla. Una combinación perfecta que sirvió para llevar las traiciones de la corona inglesa a una batalla entre samuráis desarrollada en el Japón feudal. Se trata de Trono de Sangre (Japón, 1957) dirigida por Kurosawa y basada en la Macbeth que Shakespeare escribiera en 1606.
En Trono de Sangre, Kurosawa le da vida a Macbeth a través de Washizu, interpretado por Toshiro Mifune, uno de los actores más fieles al director japonés. Juntos hicieron 15 películas de las 47 que dirigió el maestro.
Washizu es un hombre atormentado por fantasmas, que no había pensado en llegar al poder, de no ser por la insistencia de su mujer, Asaji. Esta ambición insaciable del guerrero digno y orgulloso lo lleva hasta la locura. La historia, llevada miles de veces al teatro y unas cuantas al cine, es una de las más conocidas del escritor inglés.
Kurosawa pone en pantalla el declive psicológico de Washizu y su mujer por medio de contrastes en blanco y negro que van desnudando a todos los personajes. “¿Acaso existe algún samurai que no querría convertirse en el señor de un castillo?” pregunta Washizu a su mejor amigo Miki como una sentencia de lo que está por venir: una lucha desleal que llevará a muchos a la desgracia.

Dentro y fuera
Como espectadores, Kurosawa se encarga de “meternos” y “sacarnos” de las escenas a su antojo. Por momentos estamos fuera de escena, más bien escondidos, como cuando los guerreros están perdidos en el Bosque de las Telarañas, y los seguimos entre los matorrales hasta un lugar de donde no podemos movernos, pero al que ellos regresan. Otros momentos estamos dentro de la habitación de Asaji y sentimos también el temor a la muerte.
El director japonés sabe como manejar las tormentas, las sombras, el día y la noche, para introducirnos en el mundo desgraciado y traidor del Castillo de Washizu. Fielmente a Shakespeare, Kurosawa mantiene los conceptos de pesadilla, noche y espanto. Ya lo hemos visto en otras de sus películas.
En Sueños (1990), por ejemplo, maneja con sobriedad el concepto del espanto. Es en el episodio “El Túnel” donde un comando de soldados muertos sigue al hombre que los llevó a la muerte, asemejándose a la idea de pesadilla, mejor lograda que en el episodio de “El demonio lastimero”. Igualmente, en Rashomon (1950), un drama sobre la mentira, un “muerto” que habla desde el más allá, es uno de los interrogados para descubrir el misterio que envuelve un asesinato. Aquí, todos mienten, incluso la víctima.
Rashomon no es más que una mentira disfrazada de egoísmo y traición. En medio de una lluvia torrencial y las ruinas de la puerta de Rashomon, la frase de un monje derrotado es la sentencia de ese concepto de pesadilla de Kurosawa: “después de lo que he visto, no creo que pueda confiar en nadie nunca más.”
En el caso de Trono… Kurosawa cambia a las tres brujas que predicen el futuro a Macbeth, por un espanto que hila en una choza, donde se mezclan una serie de símbolos de la vida y la muerte. El juego de luces es crucial para enfatizar la presencia de lo sobrenatural y el miedo.
La narración logra atrapar al lector con un metalenguaje que encierra la idea de la desgracia que se aproxima. Juega con los tiempos y pasamos de un momento a otro de manera muy voraz. Asimismo, la neblina es fundamental para marcar tiempos y espacios. El lenguaje cinematográfico cuida cada detalle para conseguir en el espectador las mismas sensaciones que experimenta al leer la obra.
Trono de sangre es una de las representaciones cinematográficas mejor logradas de la obra de Shakespeare, incluso la puesta anterior de la novela dirigida por Orson Wells en 1948, fue muy criticada por Kurosawa, por lo que adaptó una propuesta novedosa, a lo "samurai". En la novela, Macbeth será invencible hasta que venga contra él “la selva de Briman”.
Morirá a manos de un hombre “no nacido de mujer”. En la versión de Kurosawa, Washizu morirá “cuando el bosque camine”.