mi vida en una caja

Sé que cuando se termina el contrato de arrendamiento hay seis meses de prórroga que mantienen al inquilino intocable en el inmueble. También sé que después de 20 años un alquiler se convierte en “invasión legal”, puesto que es difícil para el dueño sacar al inquilino no deseado del sitio.

También sé que la mejor forma de embalar las cajas para una mudanza es la que he llamado “tipo sándwich”, que se simplifica en: libros abajo, luego sábanas o toallas, vidrio u otros bien envuelto en ropa vieja en el medio, luego sábanas y toallas y arriba libros. Mis cosas personales estuvieron así guardadas más de un año y no se partió ni un vaso.

Ya me he mudado tanto que son las mismas cajas que uso en cada cambio de casa –de casa, no de hogar- el hogar, mi hogar, va en cada caja.

Hagamos un recuento rápido, hasta los once años viví con mi abuela en lo que llamamos “la casa vieja”. Luego me fui con mi otra abuela a un pueblo, donde viví un año. Regresé a vivir con mi papá cinco años. Al entrar a la universidad me fui con mi hermano al apartamento que antes fue de la familia. Hasta ahí, viví acompañada y con piscina.

En el año 2000 se me ocurrió la idea de ser independiente y autosuficiente, me mudé a un apartamento grande, de tres cuartos y terraza amplia, en un edificio nuevo. Vivía en pleno centro de la ciudad, al lado de la Basílica de la Chinita. En las ferias y navidades los tambores me retumbaban los oídos.

A los dos años, ya no podía estar ahí, vivía en un barrio vertical que habían invadido los policías estadales. Cuatro edificios de 13 pisos con 12 apartamentos cada uno. Los ascensores comenzaron a fallar.
Revisaba el periódico todos los días –todo un ritual-. Me llamó la atención el aviso de alquiler: “abstenerse hombres solos y parejas fiesteras”. Me dije: aquí está la tranquilidad. Seis apartamentos en el edificio de un árabe. Dos cuartos inmensos y muchas ventanas. A los cuatro meses ya no lo pude pagar.
En marzo de 2004 me mudé con una amiga y sus hijas. Guardé todas mis cosas en el apartamento de mi familia. Sólo llevé mis cosas personales: mi ropa, mi tv, el reproductor, la computadora, algunos libros y las obras de arte que jamás abandono. Mi hogar se había reducido a un cuarto.
A pesar de lo bien que me hacían sentir las niñas, que por cierto había visto nacer 12 y 8 años atrás, me sentí perdida sin mis cosas, mi cocina, mi biblioteca, las fotos, las postales, cada florecita de madera, cada vela…

Por fin pude mudarme. Conseguí el apartamento perfecto, sólo que los amigos de lo ajeno intentaron dejarme sin hogar a las tres semanas, sin embargo, me quedé…

Aquí tengo un año. Es el sitio preferido de todos, de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros de trabajo y de mis consentidos: mis seis sobrinos.

Es de piezas grandes, aunque sólo tiene un cuarto. Todo blanco y muchas ventanas, una terraza pequeña, estacionamiento amplio, árboles grandes y buenos vecinos. Los ladrones decidieron no molestarme más… ahora les interesan los carros -gracias a dios que no tengo-.

En este momento, otra vez, organizo mi hogar en cajas marrones. Cada vez son más cosas, más libros, más películas, más postales, más cuadros, más tallas de madera estilizada, más tazas de café, más anécdotas en cada cosa envuelta en papel periódico y ropa vieja.

Todavía no se a dónde voy, quizás cambié de ciudad, quizás de vida. Los cierto es que he decidido que esta será la penúltima vez que me mude. Tengo dos opciones: comprarme mi apartamento y dejar de mantener a otros con el pago de un alquiler, o buscar un viejo ricachón que me compre uno. Por los vientos que soplan –y gracias a mis esperanzas- optaré por la primera opción, ya que, por lo menos, aún soy exigente en cosas de hombres.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo te doy mi casita azul... alli te puedes quedar toda la vida.

Dexy dijo...

Siempre me he identificado con esta crónica. Cuando estudiante, perdí la cuenta de las veces que me mudé. Los apartamentos y casas que habité. En marzo de 1996 a las 12:20 pm encontré un lugar...llegó Víctor...me olvidé de las cajas.

Carlos A. dijo...

Ay, si yo también sabré de mudanzas. Hasta los 21 en Buenos Aires y de ahí en adelante comencé el curso acelerado de “¿a ver cuántas veces te puedes mudar en un año?”. Sonrisa… Ay Dios mío, ¿puede ser que en 27 años me mudé 15 veces? Eso si no me olvidé de contar alguna.

Además mis vecinos siempre se reían porque me veían salir y entrar con bolsas y valijas. Muchos me llamaban el gitano. Y sí, el karma tiene su peso determinado. Pero admito, lo del empacar tipo sándwich, no lo sabía. Mi abuela tenía razón, siempre se aprenden cosas nuevas.
Carlos

Carolina dijo...

Adri...de verdad acabo de leer esta crónica y nadie mejor que yo para compartirla contigo...nada facil para una y mas si no estas con familia..pero que rico el crecimiento y el aprendizaje a tener que ajustarte y aprender en materia de ahorros..pero ahora trabajo para tener mi propia casa..aún me falta..pero no pierdo el rumbo..