julio 16, 2008

Descubriendo a Forrester

Me gustaría creer que William Forrester existió. Creer que fue un escritor escosés que se radicó en New York y escribió un único libro que le valió el Pulitzer: Avalon landing.

En realidad, fue sólo un personaje que construyó –muy acertadamente- Gus Van Sant, basado en la vida del enigmático escritor J.D. Salinger. Ese es el Forrester que quise conocer, el de Finding Forrester (2000), interpretado por Sean Connery.

Es una de las primeras películas en DVD que compre –original, por cierto-, cuando aún no era conciente de que me gustaba escribir. No recuerdo haber escrito nada hace unos diez años atrás y si lo hice, no creo que quiera leerlo. Seguramente sería uno de esos textos de ángeles o princesas, de mi época de adolescente soñadora y feliz.

Ahora, gracias a que no soy tan soñadora y mucho menos feliz, es que he descubierto mi pasión por la escritura y por el cine; dos maneras de vida que merodean cerca del arte, pero que son mucho más que eso.

“¿Por qué las palabras que escribimos para nosotros son mejores que las que escribimos para los demás?” se pregunta Forrester en la película. No da respuesta pero pienso que es porque debemos escribir para nosotros mismos, tal como lo dijo Rilke.

Siempre me ha gustado “coleccionar” frases. No se si sea el término correcto, pues las frases no son objetos que pueden guardarse en un caja o, en una representación posible, escribirlas en papel y guardarlas en un cajita de cartón como el primer diente del bebé primerizo. No sería lo mismo, pues la esencia no está en guardarlas, ni siquiera en decirlas, si no en recordarlas en el momento justo.
Cuando comencé a dar clases en la universidad, en el año 2001, me faltaba la principal herramienta del docente: la experiencia. Así que me valía de esa bibliografía que pasa de generación en generación –y que reproché durante mi oficio de periodista- y recurría a las frases que había escuchado antes y que se habían clavado en mi pobre memoria, como el puñal de Pedro Navaja.
Recuerdo que cuando comenzaba un curso nuevo le recordaba a mis estudiantes, por lo menos las cinco primeras clases, que para poder ser buenos periodistas debían seguir el consejo de John Lee Anderson: “Leer kilómetros, para poder escribir metros”. Todavía lo digo en algunas ocasiones.
Pero en las prácticas, siempre recurría a la mejor frase de Forrester: “Primero escribes con tu corazón, luego escribes con tu cabeza”. Hoy veo la película otra vez y descubro la segunda parte de esta frase maravillosa: “La primera clave para escribir es escribir”. Quisiera poder decirlo ahora a mis estudiantes pasados.

Si bien arrastro a la papelera el ochenta por ciento de lo que escribo, lo hago consciente de que ese es mi ejercicio diario: escribir. No es ir al gimnasio, ni hacer yoga, sacar a pasear al perro, o ver la novela todas las noches; no, es simplemente escribir.

Se trata de “arrancar un verbo al silencio” como lo dijo Barthes. “Los escritores escriben para que los lectores lean”, dijo Forrester. “Escribir para ejercitar la mente y el corazón”, digo yo.
A esto puedo agregar –muy sabiamente- que, en este nivel, donde se escribe para uno mismo, y los pocos que te leen son tus amigos, el ejercicio se convierte en diversión. Cada frase es como una montaña rusa.

“A veces, el simple ritmo de escribir, nos lleva de la página uno a la dos” le dice Forrester a Jamal Wallace cuando lo sienta frente a su vieja máquina oxidada para que comience el ejercicio. Yo espero que me lleve a la próxima entrada de este blog.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimada Adriana, saludos de nuevo. Me ha gustado saber de ti, y sobre todo, me ha gustado que me hayas incluido en la lista de tus amigos de blog.

Seguramente que ya habrás imaginado que culminé los estudios en la "Cecilio Acosta". El año pasado, en mayo, en un sencillo acto en el Centro de Arte Lía Bermúdez, hice el recorrido de toga y birrete, entre muchos graduandos que no conocía, pues muchos de mis compañeros habían egresado un semestre antes. Un desencuentro con la materia de cine (o más bien con su profesor), me obligó a invertir un poco más del tiempo que tenía previsto para el grado.

El acto fue emocionante, y la estadía me permitió reencontrarme con Maracaibo después de muchos años de no visitarlo.

De aquellos días de estudios a distancia, me quedaron buenos recuerdos, aun en medio de la soledad que supone hacer una carrera de la que no dispones de tiempo para hacer amigos con quien conversar y compartir gustos y disgustos.

Esa imposibilidad, por cierto, me obligaba a fijar con mayor atención la mirada sobre aquellas cosas que me interesaban.

Una de esas memorias afortunadas me vino al leer en tu blog una nota sobre Descubriendo a Forrester.

En una de tus clases de Taller de Redacción tu preguntaste por esa película, -así como preguntabas sobre libros y autores, en un claro intento tuyo de conectarte con tus alumnos, con argumentos más allá de lo académico-.

Creo que fue la tutoría cuando analizábamos Relato de un náufrago, de García Márquez. En esa ocasión yo, desde el último pupitre en donde siempre me sentaba, murmuré "Sean Connery".

Ese día sentí una conexión, un vínculo; el extraño gesto de quien encuentra en la soledad de un salón de estudios hechos a distancia, alguien con quien compartir el encuentro casual y simultáneo de un gusto personal.

Desafortunadamente, el vértigo del tiempo en las aulas me impidió decirte que Descubriendo a Forrester fue una película en cuyos diálogos yo había encontrado razones para justificar, si eso es posible, mi propia escritura.

Aprovecho ahora este correo para decírtelo, en un nuevo "ejercicio de mente y corazón".

Un gran abrazo

Ana Capellan dijo...

He escrito para.mi misma , deseo escribir para los demás y algún día escribir un libro best seller.